Ves que tu perro tarda un poco más en levantarse después de la siesta, o que ya no sube las escaleras con la misma soltura de siempre. Con los gatos pasa algo parecido, aunque más difícil de detectar: simplemente saltan menos. Es fácil achacarlo a «que ya es mayor» y seguir adelante sin hacerse más preguntas. Pero hay una que vale la pena responder con algo más de detalle: ¿a partir de qué edad puede aparecer la artrosis en perros y gatos? La respuesta suele sorprender, porque el proceso casi siempre empieza bastante antes de lo que se nota por fuera.

¿A partir de qué edad puede aparecer la artrosis en tu perro?
La artrosis es una enfermedad degenerativa de las articulaciones: el cartílago que las protege se va desgastando poco a poco, pierde grosor y capacidad de amortiguar el roce entre los huesos, y ese desgaste no aparece de un día para otro. En el ámbito veterinario también se la conoce como osteoartritis o enfermedad articular degenerativa, porque además del cartílago afecta a la membrana que recubre la articulación y al hueso que hay debajo, pero llamarla artrosis —el término más conocido— no le resta exactitud. Distintos estudios en medicina veterinaria muestran que hasta un 40% de los perros de entre 8 meses y 4 años ya presenta cambios articulares compatibles con artrosis, aunque en esa etapa casi nunca se traduce en síntomas visibles.
Lo habitual es que las señales claras —cojera, rigidez al levantarse, menos ganas de moverse— aparezcan bastante más tarde, entre los 5 y los 13 años según cada caso. Ahí está la parte que más confunde: para cuando el animal empieza a renquear, el desgaste articular puede llevar tiempo instalado sin que nadie se diera cuenta.
Esta diferencia entre «cuándo empieza» y «cuándo se nota» es justamente lo que hace que muchas familias lleguen tarde a la consulta: no porque no les importe, sino porque no había ningún motivo visible para sospechar antes. De hecho, muchas veces la artrosis se descubre casi por casualidad, en una revisión rutinaria donde se palpan las articulaciones o se hace una radiografía por otro motivo, más que porque el perro haya llegado cojeando. Es una de las razones por las que las revisiones periódicas tienen sentido incluso cuando en casa todo parece ir bien.
Y cuanto antes empieza el desgaste, más años tiene por delante para avanzar. Un perro en el que el proceso arranca a los 2 o 3 años puede convivir con una artrosis que se agrava lentamente durante toda su vida adulta, mientras que uno en el que aparece a los 9 o 10 tiene, en principio, menos recorrido por delante para que el deterioro sea severo. No es un dato para alarmarse, pero sí un motivo de peso para no dejarlo pasar cuando hay señales tempranas.
El tamaño y la raza marcan la diferencia

No todos los perros llegan a esa etapa al mismo ritmo. El tamaño es uno de los factores que más influye en cuándo es probable que la artrosis empiece a notarse: en razas grandes suele hacerse evidente a partir de los 7 años, mientras que en razas pequeñas es más habitual que tarde un poco más, sobre los 10.
Tiene sentido si se piensa en el desgaste acumulado: un perro grande carga más peso sobre las mismas articulaciones durante toda su vida, así que el cartílago se resiente antes. A esto se suma la genética propia de ciertas razas grandes —pastor alemán, labrador, rottweiler o gran danés—, con más predisposición a displasia de cadera o de codo.
En las razas pequeñas el mecanismo suele ser distinto: el origen más habitual no es la displasia, sino la luxación de rótula —muy frecuente en caniche toy, chihuahua, yorkshire o pomerania—, una rodilla que se desvía de su sitio y que, si no se corrige, termina desgastando el cartílago igual que lo haría un roce constante. Con menos frecuencia, también puede deberse a una necrosis de la cabeza del fémur. En ambos casos, cuanto antes se detecte, mejor pronóstico tiene la articulación.
Si tu perro es mestizo, estas franjas de edad siguen siendo una referencia útil según su tamaño aproximado, aunque no haya una raza concreta a la que atribuirle la predisposición genética. En la práctica, lo que más pesa a la hora de calcular cuándo puede empezar a notarse el desgaste es el tamaño corporal y el peso que ha mantenido durante su vida, más que el pedigrí en sí.
Las articulaciones que más se resienten con los años suelen ser las que soportan más carga en el día a día: caderas, codos y rodillas. No es casualidad que sean también las más implicadas en la displasia, otro motivo por el que el desgaste propio de la edad y el que arranca de una articulación mal formada terminan solapándose en la práctica.
El ritmo de vida durante el crecimiento también deja huella. Un cachorro de raza grande que sube y baja escaleras a diario, salta desde alturas considerables o hace demasiado ejercicio de impacto antes de que sus articulaciones terminen de desarrollarse, llega a la edad adulta con un desgaste algo mayor que otro con un crecimiento más gradual. No se trata de evitar que se mueva, sino de adaptar el tipo de ejercicio a cada etapa.
El sobrepeso actúa en la misma dirección, y no solo en razas grandes: cada kilo de más añade una carga extra a unas articulaciones que ya tienen suficiente trabajo con sostener el peso «de serie» del animal. Mantener un peso adecuado durante toda la vida del perro —no solo cuando ya hay signos de artrosis— es una de las medidas que más margen da a largo plazo, junto con un ejercicio moderado y constante que evite tanto el sedentarismo como el esfuerzo excesivo.
Cuando la artrosis aparece antes de tiempo
Conviene aclarar algo que se presta a confusión: en el perro, la artrosis casi nunca aparece «sola», solo por el paso de los años. La inmensa mayoría de los casos son secundarios a algo previo —una displasia de cadera o de codo, una luxación de rótula, una rotura del ligamento cruzado, o una articulación que no encajó bien desde el nacimiento—, más que a un simple desgaste por senectud. Por eso un perro joven, incluso de dos o tres años, puede desarrollar artrosis si ya arrastra alguno de estos problemas.
Esto no contradice lo explicado sobre la edad: cuanto más tiempo lleva una articulación mal alineada o lesionada, antes y con más intensidad se instala el desgaste. Pero sí explica por qué la edad de aparición varía tanto de un perro a otro, más allá del tamaño o la raza. Si notas cojera persistente en un perro joven —sobre todo en una raza con predisposición conocida a displasia o a luxación de rótula—, no conviene esperar a ver si mejora solo. Vale la pena revisarlo cuanto antes en consulta: cuanto antes se identifique el origen, más opciones hay de frenar el desgaste antes de que avance.
¿Y en los gatos? Una artrosis que pasa más desapercibida

En los gatos el panorama cambia, y no solo en la edad de aparición. La artrosis felina suele empezar a manifestarse a partir de los 7 u 8 años, aunque también puede estar presente en gatos más jóvenes sin que nadie lo note. Lo que más llama la atención es lo extendida que está en gatos mayores: se calcula que hasta un 60% de los gatos en general, y más del 90% de los que superan los 12 años, tiene algún grado de artrosis.
La razón por la que se habla menos de esto que de la artrosis en perros no es que sea menos frecuente —al contrario—, sino que los gatos son mucho mejores disimulando el dolor. No suelen cojear de forma tan evidente: lo que cambia es que saltan menos, evitan subir a sitios altos que antes usaban sin esfuerzo, o se acicalan menos porque girar el cuerpo les resulta incómodo, sobre todo en la zona baja de la espalda.
La raza también influye, aunque de forma menos marcada que en perros. El Maine Coon, por ejemplo, es de los pocos gatos en los que se ha documentado predisposición a displasia de cadera, lo que puede adelantar la aparición de artrosis respecto a un gato de raza común. El Scottish Fold es otro caso a tener en cuenta, y más delicado: la misma mutación genética que le da las orejas dobladas afecta también al cartílago de todo el cuerpo, por lo que suele desarrollar una enfermedad articular degenerativa importante, y a edades más tempranas que otras razas. Fuera de estos casos puntuales, la edad y el peso siguen siendo los factores que más pesan.
Son cambios que se confunden fácilmente con «que se ha vuelto más tranquilo con la edad», y por eso la artrosis felina suele diagnosticarse más tarde que la canina. En consulta, cuando un gato mayor «simplemente se ha vuelto más casero», solemos preguntar específicamente por este tipo de detalles, porque casi nunca los cuenta la familia por iniciativa propia —no porque no se fijen, sino porque nadie les avisó de que había que fijarse en eso.
Señales que conviene vigilar según la edad
No hace falta esperar a un diagnóstico para empezar a prestar atención. Tanto en perros como en gatos que ya entran en el rango de edad donde la artrosis es más probable, conviene fijarse en:
- Rigidez o torpeza al levantarse, sobre todo tras dormir o descansar un buen rato
- Menos interés por subir escaleras, saltar al sofá o a sitios altos
- Cojera que aparece o empeora después del ejercicio o el juego
- Cambios de actividad o de humor que se achacan sin más «a que ya es mayor»
- En gatos, hacer sus necesidades fuera del arenero — no siempre es un problema de comportamiento; entrar en una bandeja de borde alto o mantener la postura para orinar puede resultarles doloroso
Ninguna de estas señales confirma por sí sola una artrosis, pero sí son motivo suficiente para pedir una revisión, sobre todo si tu perro o gato ya está en la franja de edad donde el desgaste articular es más probable según su tamaño y raza.
Cómo se confirma en la consulta

El primer paso suele ser sencillo: observar cómo camina el animal, palpar las articulaciones en busca de dolor, inflamación o menor movilidad, y valorar su historial —edad, raza, peso, actividad—. Si hace falta confirmar el grado de desgaste, una radiografía permite ver el estado real de la articulación, algo que a simple vista no se puede determinar por mucha cojera que haya.
Y merece la pena saberlo: las opciones para controlar el dolor de la artrosis han cambiado bastante en los últimos años, ya no se trata solo de los antiinflamatorios de toda la vida. Hoy existen también anticuerpos monoclonales —inyectables de administración mensual, específicos para perros o para gatos— y protocolos de condroprotección más completos, que se valoran caso por caso según la edad, el grado de desgaste y el estado general de cada animal.
Cuanto antes se detecta, más margen hay para frenar su avance y mantener a tu compañero cómodo durante más tiempo. Por eso, en las revisiones de nuestros planes de salud prestamos atención a este tipo de cambios aunque el motivo de la consulta sea otro, sobre todo a partir de las edades que hemos visto en este artículo. Si ya has notado algo parecido en casa, coméntanoslo en la próxima visita o escríbenos por aquí — vale más revisar de más que dejar pasar la primera señal.